martes 15 de diciembre de 2009

PORTADA DICIEMBRE


FOTOGRAFÍA

DIANE ARBUS


De todas las escenas impactantes que Jonathan Demme filmó para El Silencio de los Corderos, una de las más difíciles de olvidar es aquella en la que el asesino baila desnudo y se esconde la colita con los muslos. Algo parecido ocurre con El Resplandor, la película de Kubrick, y la inquietante aparición de dos gemelas idénticas al final del pasillo. ¿Qué tienen en común estas dos imágenes, más allá de formar parte de la cultura popular? Que las dos están inspiradas en fotografías de Diane Arbus.



Hay muchas maneras de presentar a Diane Arbus. Una es, como ya ha quedado demostrado, hablar de la tremenda influencia que ejerció en el cine. Otra, contar que la gente se volvía loca por ir a ver su exposición de 1972 en el MoMA, la primera de un fotógrafo en solitario que convocó, ojo al dato, a más de doscientas cincuenta mil personas. Según dejó escrito Susan Sontag, Diane Arbus fue quien dio la puntilla definitiva al buen rollo americano con sus fotos de frikis y de gente deforme. Una muchachita modosa, chiquitina, de piernas bonitas y ojos como platos, que se suicidó antes de cumplir 50 años. Y a cuyo entierro en Nueva York acudió, después de haber atravesado el mundo desde París sólo para eso, el mismísimo Richard Avedon.
Para mí, Diane Arbus juega en la misma liga que Caravaggio o Modigliani: es uno de esos personajes de la historia del Arte de los que te leerías una biografía sin cuadros. Cuanto más la conoces, más te preguntas si no será cierto ese tópico cursi según el cual la vida de un artista atormentado es más fascinante que su propia obra. (Oh, Dios, espero que esto no lo lea ningún profesor).

Os cuento: los padres de Diane estaban tan podridos que la chiquilla ni se enteró de que el mundo había entrado en barrena cuando la crisis del 29. Mientras otros fotógrafos como Dorothea Lange o Walker Evans retrataban la miseria de las uvas de la ira, ella era una cría que se aburría en su piso de catorce habitaciones de Central Park. Así seguiría hasta que cumplió catorce años, cuando se enamoró de un tipo infinitamente más pobre que ella y juró que se casaría con él. Diane se pasó cuatro años dando la lata, pero se salió con la suya. Allan Arbus (el apellido es suyo, ella lo tomó al casarse) era tan rarito como ella, y los dos hicieron una pareja perfecta de fotógrafos de moda. Mientras las modelos posaban, ellos cuchicheaban y soltaban risitas cómplices. Y todo el mundo hablaba de lo tímidos y monos que eran.

La parte más jugosa de la historia, sin embargo, no llega hasta los años sesenta. En esta época la vida de Diane pega un vuelco y pasa de ser un modoso cuento de hadas a convertirse en un siniestro descenso a las cloacas de terciopelo que salen en Cowboy de medianoche. Separada de su marido, Diane comienza a hacer fotos por su cuenta. Sus modelos serán los tipos más raros de Nueva York, deformes sacados de un vídeo de Marylin Manson, meretrices, travestis, patriotas o muchachitas blancas que se quedaban embarazadas del negro más chungo del parque. Después de haber crecido en un simulacro de vida con olor a abrigo de visón, Diane buscaba experiencias extremas. Iba por la calle, veía a un enano y le preguntaba si la invitaba a su casa a que le hiciese fotos en el sofá. O se apuntaba a una orgía. O celebraba el cumple de un transexual sin amigos en una mugrienta habitación de hotel donde los yonkis se morían de sobredosis.

La tragedia de Diane es que siempre sospechó que nadie entendería por qué hacía esto. Algunos la acusan de sensacionalista; otros, de haber confundido el concepto “parque de atracciones” con el concepto “miseria ajena”. Por mi parte, creo que la clave está en comprender que ella utilizaba la fotografía como excusa, y no como herramienta para conocer el mundo. Y, consecuentemente, que lo suyo era más parecido a vivir una aventura personal que a dejar una obra de arte para el resto de la humanidad. A partir de aquí, no me digáis que no, dan ganas de replantearse lo de ir a un museo, porque lo divertido de un cuadro no es verlo… sino pintarlo.

Rfa.

GALERÍAS


Berlín / Galeríe Alexandra Saheb
Steven Black - Steven Black

La Galería Alexandra Saheb presenta por cuarta vez a uno de sus artistas predilectos. La vida no se encuentra dentro del movimiento, sino en los trazos de las pinturas de Steven Black. Con sus obras confronta al espectador con imágenes de sus modelos que aparecen en diferentes poses, a menudo extremas. Los retratados parecen petrificados como figuras de cera y, como si de un análisis microscópico se tratara, Black se aproxima a la superficie y llega hasta lo más profundo de la piel como si estuviese buscando y encontrando lo vivo en ese lugar. Incluso va más allá cuando parece penetrar en la superficie para, literalmente, invertir el interior hacia el exterior. Por primera vez se mostrarán, además de retratos individuales y de grupo, imágenes abstractas. Son primeros planos de sus obras habituales, recortados y ampliados, que sirven para reunir los resultados de las investigaciones pictóricas del artista.

Hasta el 19 de diciembre


Berlín / Merry Karnowsky Gallery
Kill Pixie (aka Mark Whalen) - Supreme Beings

Kill Pixie comenzó como artista de graffitti en las calles de su ciudad natal Sydney (Australia). Una vez hecha la transición del arte urbano al de las galerías, los materiales elegidos para sus obras se convirtieron en tinta y acrílico con papel montado sobre paneles de madera recubiertas de resina brillante. En sus últimas obras presentadas bajo el título Supreme Being en la galería Merry Karnowsky, los humanoides enmascarados de Pixie habitan en piscinas celestiales y spas dentro de futurísticas casas de baños donde la gravedad pierde todo significado. Pinturas geométricas y de colores extravagantes inspiradas en el arte popular, la cultura urbana y las ciencias mecánicas. Todas ellas con una reinterpretación muy personal de la lucha universal humana entre los instintos antagónicos de libertad y control de la era contemporánea.

Hasta el 19 de diciembre

Críticas de Sara Alfonso



Londres / Josh Lilley Gallery
"Mixtilínea" - Belén Rodríguez
La fiebre española ha llegado a Londres: mientras una serie de obras españolas del siglo XVII decoran las paredes de la National Gallery, Belén Rodríguez triunfa con una exhibición en la que presenta parte de sus proyecciones, instalaciones y trabajos en papel. Con ellos, la artista, que vive y trabaja en Viena, reflexiona sobre el tiempo a través de conceptos como la observación o la banalidad en la vida diaria. Y en varias de las obras la artista registra su propia experiencia personal. En la instalación Timeline, obra estrella, aparecen fotografías de los lugares donde estuvo la artista en un periodo de 24 horas mientras hacia sus actividades cotidianas en su ciudad natal y un pequeño tren recorre las imágenes como si de viaje espacio-temporal se tratara. Otra obra, Swiss Notebook, nos hace reflexionar sobre la capacidad de coleccionar y ordenar memorias, notas y recuerdos del ser humano. Simbología y realidad conviven en el mismo espacio.

Hasta el 20 de enero.


Londres / Grosvenor Gallery
“ANGLO-INDIAN EXPRESS”

A principios del siglo XX India se encontraba bajo manos británicas. Aunque India consiguió la independencia en 1947, el contacto entre los dos países se ha mantenido durante años. Hoy en día las calles de Londres se encuentran repletas de personas de origen anglo-indio, una mezcla que ha enriquecido la ciudad. La galería Grosvenor ha querido celebrar este contacto entre Oriente y Occidente con una exposición de obras creadas por artistas que han vivido en el Reino Unido pero que son parte de los dos mundos. De ellos se ha elegido trabajos que se han convertido en el billete de viaje para los visitantes que pueden visitar un país lejano sin necesidad de moverse de Europa. Entre estos artistas se encuentran reconocidos creadores ya muertos como Francis Newton Souza, parte del Progressive Artists´ Group, o creadores todavía en plena ebullición como Dilip Sur or Durvasula. Las puertas están abiertas para todo aquel que quiera emprender el viaje.

Hasta el 9 de enero.

Críticas de Naiara Valdano.

CRÍTICA DE CINE



UN LUGAR DONDE QUEDARSE

Esta es la segunda película de Sam Mendes (director de “American Beauty”) que se estrena este año en nuestro país. La primera, la extraordinaria “Revolutionary Road”, había dejado no obstante un regusto amargo por su desesperanzada visión de la familia norteamericana. Parece como si la ligera “Un lugar donde quedarse” hubiera servido a Mendes como una especie de terapia. Porque, a pesar de que hay lugar para el sarcasmo y la crítica a distintos estamentos de la sociedad americana, el encanto humilde de la pareja protagonista (interpretada por actores no famosos) contagia al espectador en una historia en la que sí hay un horizonte de esperanza. Únicamente algún trazo demasiado grueso en los retratos más irónicos se sale de un conjunto bastante equilibrado.


LUNA NUEVA

Es innegable que la saga “Crepúsculo” se ha convertido en un fenómeno de masas. Pero eso no quiere decir que detrás de ese éxito haya una propuesta cinematográfica digna.
Lo peor de “Luna nueva” no es el diálogo cursi; tampoco la descarada estética de anuncio de ropa interior masculina; tampoco los efectos especiales de segundo nivel. Lo peor de este subproducto, en definitiva, no es que sea malo, sino que es aburrido, el único pecado que no puede cometer el cine comercial. La línea argumental es mínima, pero se desarrolla de forma lenta a lo largo de dos horas eternas e insufribles. Además, la heroína que millones de chicas admiran resulta no tener interés por nada: se pasa la película mirando por la ventana y pensando en suicidarse. Una chica que se entrega de forma sumisa a una relación que la consume no es un ejemplo muy edificante.


PERFIL: JAMES CAMERON
(Director de “Avatar”, estreno de este mes):

Tras la intrascendente “Piraña 2”, Cameron se presentó ante el mundo con un clásico de la ciencia-ficción: “Terminator” (1984), en la que inventaba un icono basado en las pesadillas tecnológicas de “Blade Runner”. No es extraño, pues, que le ofrecieran dirigir la secuela de la otra obra magna de Ridley Scott (“Alien”): el “Aliens” (1986) de Cameron recuperaba la atmósfera malsana del original y lo amplificaba hasta convertirlo en un espectáculo de acción en cuyo corazón latía la humanidad de la historia de Ripley. Tras bajar un poco el nivel con “Abbyss” (1989), Cameron ofreció otro clásico, “Terminador 2” (1991), una historia que ampliaba y mejoraba el original, unida a unos revolucionarios efectos digitales. Tras internarse con éxito en la comedia de acción (“Mentiras arriesgadas”, 1994), Cameron batió todos los records de taquilla y de Oscars con “Titanic”, hábil mezcla de espectáculo y romance, al estilo del viejo Hollywood.

Federico Alba.

CINE


TOD BROWNING


El círculo de Bellas Artes de Madrid saca de nuevo a relucir a algún cineasta olvidado y hace, hasta el día 20 de diciembre, un ciclo dedicado al prolífico director (también actor, guionista y productor) Tod Browning.

Tres de la mañana, la casa totalmente en silencio y un insomnio que no sé como abatir, asi que, en vista de que voy a escribir un artículo sobre Tod Browning, decido empezar a investigar sobre el tema. En la página del Círculo de Bellas Artes me advierten de que voy a lidiar con un señor que hacía cine de lo más excéntrico allá por los años treinta. Cuán equivocada estaba cuando pensé que me encontraría con películas del tipo Intolerancia, El acorazado Potemkin o King Kong con temática más o menos social, política, aventurera o cómica, donde debería centrar mis esfuerzos en el lenguaje narrativo y no tanto en la historia.

Decido ver Freaks (1932), la que es una de las películas más conocidas del director, aunque estuvo largo tiempo censurada. En buena hora empecé por aquí, pues las tres de la mañana se convirtieron en una noche sin pegar ojo, horrorizada por el desfile de hombres y mujeres deformados. Así que, se me olvidó por completo eso del análisis formal y me dediqué a la historia y a sus personajes: el día a día de un circo de principios del siglo pasado.

La vida de Tod Browning sucede paralela a la historia del cinematógrafo. En 1882, año en que nace el director, no existía el cine. El séptimo arte aparece oficialmente el 28 de diciembre de 1895 de la mano de los hermanos Lumière y su proyección de la llegada un tren. La ilusión de captar la realidad en movimiento se hacía posible.

Mientras tanto Browning se va de casa para unirse a un espectáculo de variedades y al circo que siempre le había llamado la atención. Este mundo le lleva a conocer a Griffith, destacado director que revoluciona el lenguaje cinematográfico gracias al montaje como instrumento expresivo. Participará como actor en algunas películas de Griffith y empezará, en 1913, a hacer cortometrajes como director.

Aunque su primera película es Jim Bludso de 1917, el Círculo de Bellas Artes proyecta El trío Fantástico que se rodó ocho años más tarde y Garras humanas que es de 1927. Ambos films son mudos pues el cine sonoro aparece entonces con El cantor de jazz.

Con el sonido en las salas totalmente instaurado, el director lanza Drácula (1931). En principio la película iba a ser protagonizada por Lon Chaney, su actor fetiche hasta el momento, pero muere y es sustituido por un intérprete con aires misteriosos: Bela Lugosi. Tras Freaks, antes mencionada, Tod Browning continua haciendo películas del género de terror bajo los títulos Mark of the Vampire (1935) o The Devil Doll (1936). Aunque por lo aquí contado parezca que el cineasta sólo se dedicó a esta temática, dirigió más de sesenta títulos contando historias de lo más diversas.

Finalmente se retiró en los años cuarenta y acabó muriendo en 1962 en la soledad de su casa.

Si te ha picado el gusanillo y quieres conocer más de cerca de Tod Browning puedes ver la programación en la página del Círculo de Bellas Artes, las películas se repiten varios días, así que aún estás a tiempo de no pegar ojo, como yo, e ir a ver Freaks.

Paloma Torrecillas.

ENTREVISTA 1


PABLO GENOVÉS


La Galería Estiarte ha expuesto en sus salas durante estos días de noviembre y diciembre la serie “Precipitados”, último trabajo del fotógrafo Pablo Genovés que llevaba ocho años sin exponer en la capital española a pesar de vivir y trabajar entre Madrid y Berlín. A través de estás imágenes y de la mano del artista, estamos preparados para, sin precipitarnos, revisar nuestra historia.

-Con la serie “Precipitados” pareces enviar un mensaje profético de destrucción de nuestro mundo y en concreto de nuestra cultura. Cuál es tu postura ante ese presagio ¿crees que está por venir o que sin embargo viene sucediendo hace ya tiempo?
-Toda la exposición habla de eso, de la muerte no solo de un planeta, que puede ser una interpretación, sino de un final, un momento de cambio radical. Estamos viviendo, desde los últimos quince o veinte años, a una velocidad increíble, y no busco ya una visión catastrofista sino algo así como una llamada de atención. Podrían ser fotos simplemente tremendistas y sensacionalistas, pero creo que hablan de más cosas. No hay tan solo destrucción, también existe un punto de cariño hacia el pasado, el recuerdo, la memoria. No busco el recurso facilón de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Realmente yo creo que las cosas del pasado todavía son y permanecen en nuestro presente. Pero el sistema en el que vivimos nos vende continuamente una idea de evolución que es bastante relativa.

-Como viene siendo normal en toda tu obra, el lenguaje y la técnica que utilizas dice mucho respecto al contenido de “Precipitados”. ¿Podrías explicar un poco su proceso técnico, de dónde vienen esas imágenes y cómo las has manipulado?
-Lo primero que hago es ir por todos los mercados de Europa que puedo, en los que hay muchas postales antiguas y estampas. Allí veo y veo miles de imágenes. En Berlín hay muchísimo material y casi todas las imágenes de “Precepitados “proceden de mercadillos de allí. Cualquier imagen que me dice algo, que me parece especial por lo que sea, la compro. Tengo un archivo de igual unas siete mil imágenes, de las cuales luego hago una selección exhaustiva de la que puede que me quede tan sólo con siete u ocho imágenes. Después llega el momento de combinarlas. A lo mejor, pienso que a una de ellas le vendría bien un cielo determinado y para ello tengo que ponerme a buscar cielos en otras imágenes. Las tengo clasificadas un poco por temas: campos sin construir, construcción, agua, costas, montañas,… algunas, como las del hielo de esta serie, son mías, pero la mayoría vienen de todo un trabajo de apropiación. Yo luego procedo al montaje, muy sencillo, con escáner, photoshop…


-En este último trabajo que presentas te has distanciado de esa ambigüedad entre pintura y fotografía que estaba tan patente en otras series tuyas como “Viaje interior” (2004-08).
-Sí, eso ahora ha muerto, no sé si para siempre. Creo que lo que ha pasado en esta nueva serie es que he mirado un poco más afuera. Las anteriores temáticas eran un tanto más oníricas, en una especie de historia-ficción, y sin embargo “Precipitados” es una mirada más exterior, hacia temas que nos tocan a todos.

-¿Es por eso que consideras tus anteriores trabajos “más intimistas” en comparación con este último, como has dicho en alguna ocasión?
-Indudablemente. Podríamos hablar de un “periodismo-histórico-ficción”. El documento que conforma la postal, que ya había usado con anterioridad, me gusta también por toda la historia que contiene en sí mismo. La connotación de una estampa enviada, luego recibida, guardada, olvidada y con los años recuperada, puesta en venta y comprada por un coleccionista, todo eso hace que sean imágenes cargadas de una energía que yo me propongo interpretar o potenciar a través de una nueva visión. En todo caso, no son imágenes neutras.

-Interpreto que has sustituido en tu fotografía la “huella del hombre”, es decir, la de la pintura presente en trabajos anteriores como “Sucedáneos” (1999-2003), por la “huella del tiempo o la memoria” a través de la apropiación de estas imágenes. Además se intuye una preocupación por dejar constancia del tiempo que ha transcurrido en estas estampas o postales.
-Es verdad, no retoco ninguna de las huellas que el tiempo ha ido dejando en ellas. Y algo que me ha hecho reflexionar y dejar un poco de lado mi pintura es el hecho de que en las imágenes que cojo ya existe mano humana pintando, porque estaban hechas con litografía básica, en blanco y negro, iluminadas… Son muy humanas en ese sentido, ahí ha habido otra persona pintando, realizando ya entonces lo que he planteado en otros trabajos míos. De modo que, ¿para qué volver a hacerlo? Aunque esto tampoco significa que cierre definitivamente esa vía.

-Lo cierto es que “Precepitados” recuerda de algún modo a las fotografías de Candida Höffer, donde bibliotecas, teatros y museos, lugares realizados por y para el hombre, aparecen paradójicamente vacíos, sin rastro de presencia humana. ¿Guarda tu última serie alguna conexión con la Escuela de Düsserldorf?
-Sí, claro que hay relación, porque toda la Escuela de Düsserdorf tiene en común una intención de volver a las raíces de la fotografía y presentarla de una manera diferente. Toda la aproximación a los edificios de la cultura vacíos que hace Höfer es en el fondo, aunque con una cámara, formato y dimensiones diferentes, una aproximación y concepción artística que viene de las postales de 1910. En aquellos años, cuando se iba al teatro o la ópera, como no había otros medios, lo que se hacía era mandar postales del lugar, para dar testimonio de la experiencia. Estas postales que se realizaban sin público ni escenario, porque tenían que servir como documento general, válido para todo el mundo. En ese sentido, como todos los miembros de la Escuela de Düsserldorf, Höfer tiene sus raíces en la fotografía antes de los setenta, antes de ser considerada como arte. Lo que yo hago tiene mucho que ver con todo ello, solo que lo hago apropiándome de los propios documentos.

-Una constante en “Precipitados” son, como hemos dicho, por una parte los museos, teatros y óperas, lugares de encuentro cultural y artístico, y por otra parte paisajes naturales y fenómenos atmosféricos abruptos. Ese tremendo choque entre naturaleza y civilización lleva a la pregunta ¿quién está invadiendo a quién?
-Quién invade a quién, o quién se va a comer a quién. Porque la lectura de estas imágenes también gira un poco en torno a ver en esos libros mojados de la biblioteca el inicio del libro digital, o en los cuadros inundados del museo su sustitución por las imágenes sacadas de Internet. Por tanto, son imágenes que por un lado hablan de algo tan concreto como el cambio climático, pero que también son una reflexión sobre el propio cambio del ser humano, un cambio precipitado y difícil de frenar. Todo va unido.

-Tu obra a menudo reflexiona sobre la veracidad de la imagen fotográfica y su papel documental. ¿Qué opinión te merece el hecho de que se acabe de otorgar el Premio Nacional de fotografía 2009 a Gervasio Sánchez, periodista y corresponsal de guerra?
-Yo creo que Gervasio, desde un punto de vista diferente al de los artistas “clásicos”, está haciendo un trabajo artístico muy interesante en el sentido de que está uniendo todos sus premios para hacer una reivindicación de las víctimas de nuestro occidente maravilloso. Es el único que le ha leído la cartilla a nuestros dirigentes personalmente diciéndoles: esto existe, yo os lo muestro con mi fotografía y vosotros me dais un premio nacional por ello, pero en España somos el tercer o cuarto país exportador de armas a nivel mundial, ¿hasta cuándo tanta hipocresía? En ese sentido creo que ha hecho un activismo que a mí me parece en sí mismo una obra de arte. Me parece muy bien que el periodismo, y toda la fotografía tenga esa doble vertiente.
En todo caso, yo estoy contra los premios artísticos, creo que son una tontería. ¿Quién puede determinar que un artista es mejor que otro? Por eso soy más partidario de becas o ayudas que permitan a los proyectos a salir adelante. O que el Estado premie a los artistas comprándoles obra en lugar de darles una medalla, porque el arte no es una carrera, en el arte nadie llega primero.

Entrevista de Jennifer Calles.

EXPOSICIONES 1


EL ARTE DEL TEATRO SEGÚN GORDON CRAIG.
ILUSIONES ESCENOGRÁFICAS


Si parte de una hipótesis errónea o de unos principios equivocados, la teoría que desarrolle no tendrá valor. Si parte desde ideas correctas pero la traducción que se hace de ellas no es la adecuada, la teoría seguirá siendo no válida. Si parte de unos planteamientos correctos pero carece de los medios necesarios para llevarlos a cabo tampoco lo tendrá. Sin embargo, hay ocasiones en que surge una figura capaz de desprenderse del velo de la autoimposición de la época, teniendo la suficiente lucidez como para encontrar nuevas propuestas y conseguir expresarlas al resto de mortales.

Señoras, señores, con todos ustedes, Edward Gordon Craig.


“En este siglo, los que trabajamos en el teatro hemos estado tan pendientes de cicloramas, bambalinas, teatros, escenarios y actores que nos hemos olvidado de mirar a la naturaleza. Ahora es necesario -creo que es necesario- hacer un alto, olvidarnos de todo lo demás y observar de verdad, observar larga y detenidamente la naturaleza”.

Hasta el 17 de enero se encuentra en la Casa Encendida la primera exposición retrospectiva dedicada a este personaje. Bajo el título Edward Gordon Craig. El espacio como espectáculo, se realiza un recorrido expositivo-biográfico a lo largo de tres salas diferentes, contando tanto con material fotográfico, como con dibujos del propio artista, sus trabajos literarios o maquetas de sus escenografías. No se trata de una exposición al uso, ya que reúne un elemento sustancial del teatro pero que en numerosas ocasiones queda olvidado por parte del gran público: la escenografía. Interpretación y escenografía son inseparables, no se puede entender la una sin la otra, se complementan y se funden entre sí hasta llegar a un todo indisoluble... Pero si detrás de la interpretación hay un arduo trabajo de preparación tanto de actores como del director, en la escenografía ocurre otro tanto, y eso es algo que queda patente en esta muestra, en donde a partir de seis bloques temáticos (El universo nativo y electivo de Edward Gordon Craig, La escalera - Estados de ánimo: I, II, III y IV, Un laboratorio espacial, La ventana y la retícula, El espacio y la luz, El movimiento y Hamlet) se acerca al público toda su teoría.

Edward Gordon Craig (Stevenage, Hertsfordshire, Inglaterra, 1872; Saint Paul de Vence, Francia, 1966) fue uno de los más importantes escenógrafos del siglo XX y su valor actual radica en el impulso modernizador que dio a la escena, gracias al que pudo evolucionar y convertirse en lo que hoy es el teatro contemporáneo. La muestra se titula El espacio como espectáculo, y es que es así como Gordon Craig pensaba que debía ser el escenario. Sin embargo su obra no se reduce tan solo a la escenografía, sino que también nuestro artista, siempre en el ámbito teatral, se dedicó al vestuario, a la dirección y a la creación de diversos ensayos como El arte del Teatro. Y es que él opinaba que el arte del teatro era una totalidad compuesta de diferentes elementos, era la obra total, tal y como se ve en los ejemplos comparativos que escoge en sus textos, en donde la pieza teatral y su director de escena se igualan al pintor y sus colores o al músico y sus composiciones, siendo imposible elgir un sólo pigmento o contar con una única nota. Trata el teatro como si de un mosaico fuese, donde cada tesela, por pequeña o aparentemente nimia que sea, goza de un papel único, inamovible y necesario, gracias al trabajo del director, personaje que debe revisar cada una de esas piezas, de forma que el organismo funcione.

Mientras que la mayoría de sus colegas escenógrafos se ceñían con realismo a lo que los dramaturgos señalaban en sus textos en cuanto a la escena, Gordon Craig dio un paso más y comenzó a investigar sobre el “escenario espacial” en el que convivían todo tipo de mecanismos escénicos, cubos y escaleras que adquirían estatus de auténticos símbolos. En concreto, el cubo era el elemento que le permitía separar y dividir las diferentes escenas mediante un movimiento que sustituía al telón con sus subidas y bajadas; mientras que la escalera era la metáfora más adecuada para representar los diversos estados de ánimo de los personajes de una obra de teatro, posibilidad que se le da al visitante.

Todo esto se puede comprobar en la exposición, que está repleta de dibujos que servían para los futuros modelos tridimensionales, grabados, cuadernos con bocetos de escenarios y anotaciones manuscritas del autor, además de interesantes maquetas o diseños para vestuario que sorprenden por su elegancia y sencillez. En ellos, Gordon Craig destaca como un excelente dibujante y grabador que utilizaba el negro como protagonista, ya que según él creía, era el color que mejor expresaba la espiritualidad, que aumentaba por efecto de la iluminación y sus reflejos. Pero Gordon Craig no sólo diseñaba sus complejos escenarios, sino que también los construía y los constituía de pantallas móviles en blanco que son su rasgo más representativo. Eran unas pantallas que se veían salpicadas por líneas con las que Gordon Craig señalaba cual era el lugar de la acción, creaba volúmenes y superficies.

Otra de las novedades que se muestra en la exposición, en consonancia con sus teorías, es su apuesta por una puesta en escena más imaginativa, más simbólica, en donde la fantasía tiene un papel protagonista y el espectador un rol más activo en la representación, donde lo visual y lo gestual ganan la batalla a la palabra. No se trata de describir sino de insinuar mediante ese simbolismo que, en ocasiones, se nutre de composiciones casi minimalistas, e incluso abstractas, que servirán de ejemplo a escenógrafos posteriores como Joseph Svoda o Gilles Aillaud, y serán los escenarios en donde se ubicarán los actores, las “supermarionetas” (elementos plásticos que formaban parte de la escena y que tenían el privilegio de poseer movimiento) y la iluminación, ampliamente tratada por Gordon Craig, quien nos recuerda en su pensamiento estético a los impresionistas, ya que estaba muy preocupado por la manera en la que la luz incide en los objetos y las estancias dependiendo de la colocación de los primeros y del momento en que son representados.

Artista revolucionario y polifacético donde los haya, sus planteamientos no dejan a nadie indiferente. A pesar del cambio que supusieron en el arte del teatro, su obra ha sido muy desconocida para el público español, siendo pues, esta exposición, una excelente manera de acercarse a su universo imaginario particular, al alcance de muy pocos.

Carolina Cadenas y María Condado.